martes, 15 de mayo de 2018

EL ENSAYO FILOSÓFICO

Toda idea tiene que ser referenciada hacia un determinado punto. No podemos configurar una estructura filosófica, basada en una simple relación monista entre términos ligados a un referente unívoco e ideal (como Dios), con el cual intentan contextualizarse. Éste referente será unas veces el espacio-tiempo particular que rodee a un acontecimiento determinado (como es el caso del Lenguaje y la Historia), otras, el mismo objeto que intenta delimitarse a sí, mediante su referencia con otros objetos que le sean inherentes: como la clasificación de los elementos químicos.
Un contexto para la idea de causa-efecto, por ejemplo, vendrían a ser las líneas causales de las que habló Russell; líneas causales que siguen una trayectoria definida y que no son equivalentes a otras líneas causales, y es que recordemos: no todo efecto tiene la misma causa, y así, no toda causa produce cualquier efecto.
Consideramos que el mayor error en la Filosofía, ha sido tratarla como si fuese un cuerpo homogéneo solamente retórico, solamente oratorio o simplemente lingüístico y filológico (lo que no implica negar que su origen sea literario y textual). No negamos la existencia de escuelas o corrientes que puedan generar ciertas Instituciones, cuya filosofía corporativa será considerada <<Administrada>>; distinta de la <<mundana>>, por ejemplo. Señalaremos a la Filosofía escolástica como un exponente clásico, en contraposición al existencialismo iniciado por Sartre.
Afirmamos que para escribir un ensayo filosófico lo menester consiste en dar un trato claro y sistemático al lenguaje, así como presentar un estudio investigativo de la lengua y de la Historia; sin embargo, entendemos al elemento lingüístico como subordinado a las ciencias de primer orden, sean éstas lógicas o corpóreas. Un ejemplo simple: aunque pueda enunciar la oración, “si estoy en un punto de la tierra y lanzó algo al suelo, éste siempre flotará”, eso no quiere decir que el mismo enunciado sea posible, ya que toda evidencia registrada por nuestro sentido común, nos indica que no es así.
Una relación de orden es distinta de una clasificación; aunque estén intrínsecamente relacionadas. Una relación de orden produce distintas organizaciones de los mismos elementos, como 23=8 y 32=9, los mismos elementos (números) producen distintas equivalencias, puesto que sus relaciones están distribuidas en un orden distinto.
La clasificación, por otra parte, requiere el previo conocimiento de ciertas relaciones de orden entre diversas especies, cuyas conexiones y transformaciones (y por ende, el conocimiento de los mismos), determinaran la precisión de una clasificación determinada, sea por convenio, sea por comprobación. Por ejemplo, la clasificación de los elementos químicos, creada por Mendeléev.

sábado, 10 de marzo de 2018

La corporeidad de lo inteligible.



Decimos que la corporeidad se halla en todo objeto físico. Por ello, decimos que los cuerpos son evidentes y sensitivos: están ahí, no en mí sino en algo externo a mí. Proseguimos, y decimos que lo inteligible  no radica en los cuerpos, tanto que lo hace en una cualidad inherente a los mismos, como su altura o su peso, por ejemplo; o, por otro lado, en una relación existente entre dos o más cuerpos, que podemos ejemplificar en la distancia que los separa. Por tal, el enunciado principal, nos anticipa un tratado de los cuerpos y su relación con la materia inteligible que, aunque no sean lo mismo, nos parece absurdo tratar a ambas independientemente de la otra.  Un trabajo tautológico: quizá. Innecesario: solo sus lectores directos podrán considerarlo.
Lo inteligible, como hemos expuesto, tiene su aplicación fuera del sujeto que ordena los cuerpos, aunque tal orden y relación, sea procesada en inicio por un sujeto que contempla. No obstante, diremos que es gracias a este proceso iniciado por el sujeto, para ordenar los cuerpos en un sistema externo a él, e inmanentes a los cuerpos involucrados, que el sujeto se disuelve y se pierde en su propia construcción, no dejando siquiera huella de sí en ella. Pues aunque lo inteligible sea procesado por la mente, resulta vago considerarlo como una especie de “residente” en ella; puesto que al tener su referencia en los cuerpos, éstas medidas u órdenes, tendrían que estar afirmados por evidencia o consenso, para que puedan, así, adquirir un carácter concreto y objetivo: prácticamente toda forma de medida, es un existente por consenso. Lo que no implica que entre uno y otro sistema métrico, puedan existir diferencias en su precisión. Por tal, respecto a lo inteligible, diremos que hay un mundo externo a nuestro propio cuerpo e individualidad. Y que este mundo, entendido bajo una relación dual y operatoria: hombre-mundo, cobra un carácter más bien inteligible, que aunque no sea perteneciente a “otro” mundo, sí corresponde a un tipo de materia distinta de la corpórea.  Y los cuerpos, diremos, surgen de un contacto directo y sensitivo por parte del sujeto que contempla (sujeto que no es ni una mente andante ni un cuerpo andante: sino precisamente la conjunción dialéctica entre ambas), con el objeto físico y perceptible, de tal modo que en conjunción, nos derivan hacia una estructura inteligible, y representativa de este Mundo. No obstante, aunque un orden no sea corpóreo, resultaría una necedad  considerarlos independientes del contenido corpóreo sobre el cual se aplican.
Un ejemplo para concluir. No voy a medir el contenido líquido de un recipiente, en metros; ni voy a medir la altura de una pared, en gramos. Así mismo, en un enunciado donde se pida una respuesta en metros sobre segundos; sería ilógico no convertir la expresión formulada, de kilómetros sobre minutos, por ejemplo, a las unidades indicadas. Con esto, damos a la sustancia inteligible un carácter variable que no la vuelve algo que pueda mantenerse al margen de cualquier objetividad. Ni el metro ni el gramo son menos objetivos el uno respecto del otro, y sin embargo, el uno define la longitud entre dos cuerpos, y el otro, la masa de uno: que, obviamente (gracias a la corporeidad de los objetos designados), no son lo mismo.

domingo, 18 de febrero de 2018

Sobre la escritura y la oratoria (II)



.- Intenciones.- Corresponden a los motivos subjetivos que direccionan al individuo a disponerse frente a una determinada situación objetiva.
    -    En el habla escrita: Es decir, la escritura tiene la intención de ser leída, sea por otros o por uno mismo, su función radica en albergar una serie de códigos y contextos que, en unión sintagmática, den a entender algo (que tengan un sentido o un significado). Ahora bien, los significantes de una intención para escribir, podría enlistarse en términos generales como: “para ser leído, para organizar datos, describirlos o simplemente valorarlos.” Diremos que las intenciones refieren al individuo como posibilidad de alteración en la materia, ocasionando la clasificación, transformación y discriminación de la misma, en lo que sería una descomposición enteramente, o un análisis: adaptándonos a su etimología griega. Así, en una diversidad de objetos clasificados o categorizados, éstos refieren, ora a su pragmatismo, ora a su esencia categorial.

-        En el habla oral: se pretende ser escuchado, al tiempo que se enlistan una serie de objetos, mediante el discurso hablado. Aquí se parte de las expresiones enunciadas por el sujeto emisor, para terminar en la comunicación con el sujeto que recepta lo emitido. Es así, pues, que ya comenzamos a ver las distintas copulaciones existentes entre la expresión y la comunicación; copulación debida precisamente a sus distinciones e intersección mutuas: el objeto (que definiremos, según las palabras de Joe Daniel, como “fijación del sujeto a la materia” (véase: Glosario: aproximaciones Parte 1- Cuestiones físico-filosóficas -Objeto)).
Diremos que, al enunciar algo oralmente (ósea, al <<describirlo>> diciéndolo), se intenta emitir algo (o expresarlo) con la intención de volver posible la comunicación de tal objeto hacia el receptor. Hablamos entonces, de la comunicación.
Si hay quien se dice a sí mismo algo, es porque busca precisamente volver ese algo comunicable para sí, (como cuando cada quien busca su metodología interna para la resolución de problemas algebraicos, anímicos, etc., lo que no quiere decir que los problemas algebraicos o anímicos dependan del modo en que cada sujeto los enuncia; sino que más bien cada quien busca su respectivo camino (expresándolo) para llegar a las mismas respuestas (o conclusiones) sobre determinados objetos. Y es aquel fin, el expresado, quien alberga en su seno a las intenciones. Diremos, por lo tanto, que tanto las expresiones como los enunciados, consisten en la conjugación de técnicas aplicadas a un determinado fin: el comunicativo).
Por lo cual, inferimos que los mediadores expresivos, funcionan en sus determinados rangos de aplicación, lo que constituye el eje de nuestra tesis respecto al límite del enunciado y la formulación descriptivo-lingüística. En tanto que la expresión alberga la intención, y ésta varía según las distintas situaciones percibidas, diremos que podemos clasificar a la expresión de dos formas posibles, dependiendo del contexto referido en lo percibido de la situación: la expresión lógica y la figurativa; diremos que la expresión lógica, corresponde a aquella proposición compuesta de una serie de símbolos lógicos, susceptibles de un análisis positivo. Una expresión algebraica, por ejemplo. Y por figurativa, entenderemos a una proposición de significancia meramente verbal o coloquial, o a una expresión habitual y de significación consensuada, “desde el punto de vista…” o “jalándose el ganso”, por ejemplo.
Por lo tanto, aunque los ejemplos anteriores puedan considerarse enunciados, en sí mismos; aclaramos que, siendo la expresión una nominación respecto a lo que se extra-vierte, ésta puede confundirse con el enunciado, de tal modo que no se pueda prescindir de la una ni de la otra, en determinados ejemplos. Examinemos lo siguiente, << ¡fuego! >>. ¿Qué quiere significar tal expresión? Sin duda, diremos que ésta palabra intenta expresar algo relacionado con el fuego, no sabemos muy bien qué, pero podemos inferir que será urgente y referente a su cualidad de exterminador. Pero no disponemos de otra información sino de aquella que nos brinda la situación en que tal palabra es mencionada. Por ello, se dirá que la expresión emite (por ejemplo, si digo “¡fuego!”, y señaló a un carro incendiándose), y el enunciado describe (si empiezo, por ejemplo, a describir las probables causas de tal accidente); aunque en la comunicación, que usualmente es lingüística y en la cual están incluidos tanto la expresión como el enunciado, es posible que tales factores puedan copular unos con otros o disociarse de formas distintas.  
Nuevamente, redefinimos para concluir: un enunciado refiere a la expresión descriptiva de uno o varios significantes que constituyen en sí, al objeto descrito extensionalmente. Pueden, ora representar una serie de elementos particulares y concretos adheridos al objeto, ora nominarlo bajo escalas generales y comprensivas.

domingo, 11 de febrero de 2018

Sobre el habla escrita y la oral



¿Qué es la escritura y qué la oratoria? –Nos preguntamos– ¿Se distinguen? ¿Cómo se las podría categorizar y clasificar respectivamente? ¿Qué piezas son las necesarias, y cómo aplicar cada una?
Aunque el lenguaje, en sí mismo, pueda ser considerado en sus rasgos más abstractos y constituyentes (como lingüística y sus conceptos: significante, significado; (los elementos gramaticales) sujeto, predicado y objeto); eso no quiere decir que vayan desligados de la materia que designan (el idioma, dialecto, o tipo de lenguaje empleado: no es lo mismo el lenguaje de programación, que el lenguaje empleado por un físico al redactar un tratado), puesto que es en ella, es decir, en los distintos escenarios donde los enunciados puedan ser expresados, dónde cobran una forma y un cuerpo concretos, es decir, adoptan un sentido. Así, quedan determinados dos módulos que nos servirán para sustentar la estructura central de este ensayo: los módulos de significación y su sentido.
La contraposición que planteamos, se da refiriendo los resultados de la siguiente indagación.- “El concepto de significación y sentido de las expresiones idiomáticas –pone el Diccionario filosófico, 1984–, se especifica en la semántica lógica. Se suele entender por significación de la expresión idiomática el objeto o clase de objetos que designan (denomina) la expresión dada, y por sentido de la expresión, su contenido mental, es decir, la información que contiene la expresión dada y gracias a la cual esta última es referida a uno u otro objeto”.
Designé a los elementos del lenguaje en las siguientes franjas: “materiales corpóreos del habla, intenciones del habla y técnicas de aplicación del habla”. Me referiré a ellos desde un punto de vista literario-discursivo exclusivamente. Discriminando cualquier otra función que pueda asignársele a los objetos tratados en este ensayo, es decir, que estén al margen de su esencia como entidades encerradas operatoriamente.

1.- Materiales corpóreos del habla.- aquellos elementos estrictamente físicos con los cuales el sujeto operario realiza su función operativa; ya no sobre cada <<elemento físico>> sino sobre la conjunción de todos ellos, es decir, sobre su sentido –conjugados en compuestos sintácticos complejos (lo que ya es hablar de una técnica aplicada al habla, y no de un material corpóreo del mismo; puesto que el cuerpo y la esencia de sus categorías no siguen <<siendo>> lo mismo que las unidades que eran, una vez que han sido aplicadas sobre ellas una determinada cantidad de técnicas que componen con ellas, una determinada estructura).
El producto de tales procesos, darán como resultado la reunión general de objetos fijados esencialmente (cuyas propiedades son la de ser naturales y “ya dados” al hombre) y que son vueltas todas ellas en un mismo sentido. Como dijimos, nuestro punto de vista aquí, será literario-discursivo. Aclaramos esto, puesto que, un esfero, por ejemplo, puede también usarse con fines ajenos a su límite esencial. Por ejemplo, diremos que para querer hacer un hueco en una manzana, será tan aplicable un palo de chupete como un esfero; entonces lo que vale no es su facultad de esfero en tanto que esfero, sino más bien su forma alargada y filuda, y así, no su técnica de aplicación propiamente.
-        En el habla escrita: los elementos primarios con los cuales se estructura una determinada técnica de aplicación que funcione para retratar el habla de algún modo sensitivo y estructurado simbólicamente (el pino o el abeto, el grafito o el acero de wolframio), muy independientemente de su facultad personal: es decir, prescindiendo del sujeto expresando habladamente un objeto y comunicándoselo a otro. ¿Por qué? Porque no queremos confundir los elementos esenciales que constituyen una estructura, como si estos fueran lo mismo que la reunión (o la composición) sintética que opera entre ellos, basados en sus componentes materiales y sistemáticos: lo que implica más bien un análisis de las técnicas de aplicación que se conjugan en una determinada sustancia sintética, realizada con determinados fines encerrados a su esfera (el esfero, el lápiz, la hoja). Pero hablar de ello, sería otra cosa distinta y respectiva a otro lado.
Ahora bien, la relación entre emisor, objeto emitido y receptor, en el caso del habla escrita, no es inmediata, como sí lo es en el habla oral, que más bien nos parece de carácter mediato; es decir, quien lee algo escrito, puede hacerlo sin ver a quien escribió el texto que lee; e inclusive, quien lo escribió podría haber muerto ya, y sin embargo, se le sigue leyendo. Tal es, pues, evidencia de la esencia mediata de la escritura; puesto que obviamente, para que algo sea hablado oralmente, es menester que la presencia a expresarse oralmente, <<esté allí>> o sino, acaso, la presencia del ser de su voz. De otro modo, no sería un habla oral. Precisamente, lo que caracteriza a la persona muda, es el hecho de que no habla; aunque el lenguaje de señas empleado por ellos, pretenda sustituir al habla oral, por una más bien gesticular: son cosas totalmente distintas, que funcionan en un mismo sentido: la expresión como canal regulador de la comunicación. Resultaría imposible ayudar a quien no habla oralmente, y solamente lo hace gesticulando, puesto que el desconocimiento vuelve imposible la comunicación entre ambas partes. Entonces, aunque haya expresión por una parte, no hay comprensión de la misma por la otra, y por tal, tampoco comunicación entre ambas.
Y si esto es así, determinaremos que es gracias a lo que se puede sustentar en el concepto de lectura que procedemos a estructurar.
-  Añadiremos aquí a la lectura (o capacidad para leer, descifrar o abstraer un conjunto de signos expresados en forma escrita), por ser necesarios para la adquisición de un método a la hora de entender lo escrito y volver a escribirlo (el lenguaje es, en sí mismo, el acto hablado de representar al mundo por excelencia): entendiendo que puede leer quien antes haya escrito, y escribe quien antes se le haya enseñado a leer. Un niño reflexionando: “si escribo árbol, luego tengo que leer la palabra para asegurarme de haberlo hecho correctamente. No obstante, para saber cómo se escribe la palabra árbol, tendría que haber antes leído la misma palabra pero escrita por alguien distinto. Tendría que haberla aprendido como significante que denota a otro significante, ¿cómo? Pues dibujándolo. La palabra árbol, aunque no sea un árbol propiamente, designa a todas sus variables posibilidades concretas (sea este un pino o un roble)”.

-        En el habla oral: la presencia del emisor, una audiencia sobre la cual exponer; o acaso la solidificación interna-estructural de una entidad ajena a la del emisor aunque propia de sí. Prosiguiendo, diremos que otro elemento esencial del habla, es cómo se la capta: mediante la audición. Y he aquí el factor determinante de su esencia: <<es>>, cuando está el emisor y un receptor, y si no <<está>> ni siquiera la presencia de su voz, pues entonces no es.
Aunque la oratoria pueda ir relacionada con los elementos recitativos; diremos que su relación es inmediata. El habla escrita puede ser sin estar precisamente; mientras que el habla, requiere estar para luego ser la palabra que, trascrita u oída, por ejemplo, resulta un factor también objetivo que contiene dentro de sí la historia de un desarrollo gnoseológico que, muchas veces, parece ignorarse precisamente por quienes vuelven a escribirlas, ahora ya procediendo del dialogo instantáneo y de no de las obras trascendentales históricamente.
Y así también, diremos que en la escritura, lo que resulta es más bien una relación mediata entre emisor y receptor. Ya que para que haya habla oral, es menester que dos presencias coaccionen la una con la otra, con la suficiente cercanía para poder escucharse mutuamente; situación que evidentemente no se presenta en la lectura (de no ser porque sea recitada, lo que nos llevaría a pensar más bien en el discurso). Y en tales casos, el habla oral ya no es espontanea, sino que aprendida, y hasta memorizada. Lo que puede comprobarse, cuando se inquiere por la estructura subterránea de los datos empleados en el discurso, que apenas si son concebidos por el que tiende a memorizar.
-  Su relación con la lectura.- aunque ambos tipos de habla puedan ser parte del lenguaje; funcionan independientemente  dentro del todo lingüístico-hablado. Aunque esto no suponga la idea de que no puedan coaccionar mutuamente; variando las disposiciones que puedan formularse sobre un factor respecto del otro. Si un objeto es, no importa cómo sea enunciado, seguirá siendo lo que es; lo que no es… pues entonces, que cada quién haga con aquello lo que le venga en gana.